El Dai Gohonzon: entre historia, fe y misterios de una reliquia sagrada - Guillermo Cabanelas

En el corazón del budismo Nichiren se alza uno de los objetos de veneración más profundos y debatidos de su tradición: el Dai Gohonzon. Se trata de un mandala tallado en un bloque de madera de alcanfor de 144 centímetros de alto por 65 de ancho, que millones de creyentes consideran la encarnación física de la Ley Mística —Nam-myoho-renge-kyo—(la escuela Shoshu utiliza el "Nam", mientras que las otras escuelas recitan Namu). Sin embargo, más allá de su inmenso valor espiritual, su origen y su historia tejen un relato fascinante donde se cruzan la devoción, las contradicciones geográficas y los debates académicos que han marcado el desarrollo de las distintas corrientes de esta fe.

Para comprender su significado, es necesario remontarse al contexto que, según la tradición, dio origen a su creación. Tras la persecución de Atsuhara en 1279, cuando un grupo de campesinos conversos prefirió la muerte antes que renunciar a sus creencias, Nichiren Daishonin consideró que la humanidad estaba lista para recibir un legado espiritual sin precedentes: el establecimiento del Santuario Esencial. Sobre cómo se materializó este mandala, existen dos relatos muy distintos:

Parte A

Según la versión defendida por la ortodoxia de la escuela Nichiren Shoshu, fue el propio Nichiren quien, en vida, tras redactar el pergamino original el 12 de octubre de ese año, ordenó a su discípulo más hábil, Nippo Shonin, tallar cada trazo en el bloque de madera, supervisando personalmente el trabajo antes de su fallecimiento en 1282.

Parte B — Leyenda

Existe, sin embargo, otra narrativa muy distinta: una tradición que sitúa su creación después de la muerte del maestro. Cuenta que, desolado por la ausencia de su guía, Nippo se retiró a las montañas de Minobu, donde ayunó y oró durante largo tiempo a la diosa dragona Shichimen Dai-myojin. Conmovida por su entrega, la deidad le habría hecho aparecer un tronco de alcanfor flotando río abajo, y fue así como el discípulo talló el mandala tomando como referencia los escritos que Nichiren había dejado como herencia: una historia que transforma la pieza en un fruto de fe póstuma y ayuda divina.

Ambas versiones chocan, sin embargo, con obstáculos que parecen difíciles de superar desde la lógica y el conocimiento del entorno natural del Japón medieval. El árbol de alcanfor es una especie propia de climas cálidos y zonas costeras bajas, mientras que la zona de Minobu, en la prefectura de Yamanashi, es una región fría y montañosa donde predominan bosques de cedros y cipreses —no existen registros de que crecieran alcanfores en la zona en aquella época—. A esto se suma el reto logístico: el bloque pesaba entre 130 y 200 kilogramos, y los senderos que subían a Minobu en el siglo XIII eran caminos estrechos, empinados y a menudo embarrados, que hacían casi imposible transportar una pieza de tales dimensiones. Para los investigadores y corrientes como la escuela Nichiren Shu, estas contradicciones son una señal clara de que el mandala no pudo haber sido tallado en Minobu ni en el siglo XIII, sino que se trata de una obra más reciente, realizada en las llanuras de la región de Fuji, donde la madera de alcanfor era abundante y su traslado mucho más sencillo. De hecho, las evidencias disponibles sugieren que la pieza que hoy se conoce como Dai Gohonzon sería una reproducción posterior —posiblemente una obra realizada con intenciones piadosas— durante el mandato de Nanjō Nichiu.

Más allá de las dudas sobre su origen, esta pieza ha jugado un papel central en la historia del budismo Nichiren. Ha funcionado como símbolo de unidad y como referente para consolidar la autoridad de los sucesivos abades de la escuela de Fuji y sus ramas, en un panorama marcado por la fragmentación entre distintas líneas sucesorias. No es un caso único en la tradición: otras imágenes sagradas han cumplido funciones similares. Es el caso del Sado Shiken Daihonzon, cuya autenticidad sigue siendo objeto de debate permanente, o el Mokotaiji Hatamandala, un par de piezas realizadas durante el periodo Edo que se conservan en los templos Saikyo-ji y Kuon-ji. Todas estas obras han atraído a multitudes de fieles, se han exhibido públicamente y se han reproducido en grabados de madera, lo que da cuenta de su amplia difusión y aceptación. Cada una lleva además un significado simbólico propio: el mandala de Sado evoca el exilio de Nichiren y su milagroso salvamento en Tatsunokuchi; el Mokotaiji Hatamandala representa la derrota de las invasiones mongolas por medio de sus oraciones; y el Dai Gohonzon recuerda el sacrificio de los creyentes de Atsuhara.

A lo largo de sus casi ochocientos años de historia, el budismo Nichiren ha generado y venerado numerosos objetos sagrados —algo que no resulta extraño en ninguna tradición religiosa—. Su existencia y su valor podrían entenderse mejor a través de miradas sociológicas o psicológicas que desde una perspectiva exclusivamente doctrinal. Lo que sí es evidente es que las divisiones internas han causado más daño a la comunidad que cualquier debate sobre la ortodoxia: el propio Nichiren concibió sus mandalas y sus prácticas como herramientas para unir, no para separar.

Para la práctica cotidiana, por otra parte, siempre han existido y se han usado ampliamente las reproducciones —impresas o talladas—, que siguen siendo referentes espirituales plenamente válidos. Las formas de vivir la fe son diversas: hay quienes prefieren imágenes tridimensionales, quienes valoran un mandala inscrito especialmente para ellos, y quienes encuentran consuelo en creer que su objeto de devoción es único y especial. Entre 1972 y 1991, el Dai Gohonzon fue objeto de veneración diaria para más de diez mil personas, incluyendo practicantes de todo el mundo; el notable crecimiento global del budismo Nichiren en este periodo sugiere que ha cumplido con creces su función como punto de encuentro espiritual y de identidad colectiva. Dadas las limitaciones —tanto prácticas como doctrinales— para acceder a las obras originales de Nichiren, este mandala tallado ha demostrado ser un sustituto valioso: cargado de sentido espiritual y, al mismo tiempo, fácil de reproducir y compartir.

Al final, el Dai Gohonzon es mucho más que un bloque de madera: es el punto donde la fe decide abrazar el misterio aunque la lógica encuentre obstáculos. Sea como símbolo de una orden directa del maestro, como fruto de una gracia divina o como creación posterior que tomó el relevo de una tradición, sigue siendo un espejo en el que millones de personas han visto reflejada su propia búsqueda de unidad y sentido.